Pobreza Alimentaria En Durango

 Duranguenses MX | hace 2 meses | Vistas: 18

     



Hambre en Durango: cuando un plato de comida se convierte en esperanza

Hay carencias que pueden ocultarse detrás de una puerta cerrada.

Una familia puede aparentar normalidad, mientras en su cocina se decide quién comerá primero. Una madre puede asegurar que no tiene hambre para dejarles una porción más grande a sus hijos. Una persona adulta mayor puede dividir sus alimentos para hacerlos durar varios días.

La pobreza alimentaria no siempre es visible. Pero está presente y condiciona la salud, el aprendizaje, el trabajo y el futuro de miles de duranguenses.

Recientemente se difundió que en Durango más de 350 mil personas viven en pobreza alimentaria. La cifra es alarmante, pero necesita una precisión.

El término “pobreza alimentaria” se refiere, de manera general, a la incapacidad económica para adquirir una canasta básica de alimentos. En su medición actual, el INEGI utiliza además el indicador de carencia por acceso a la alimentación nutritiva y de calidad, que considera la inseguridad alimentaria y las limitaciones en el consumo.

De acuerdo con los resultados oficiales, en 2022 había en Durango aproximadamente 379 mil 500 personas con esta carencia, equivalentes al 20.3 por ciento de la población.

Para 2024, la cifra disminuyó a cerca de 275 mil 400 personas, es decir, el 14.5 por ciento de la población estatal.

La reducción representa alrededor de 104 mil personas menos en esta condición. Es un avance que debe reconocerse, pero no permite decir que el problema está resuelto.

Doscientas setenta y cinco mil personas equivalen a llenar varias veces los principales recintos públicos de Durango. Son familias enteras que, en algún momento, tuvieron que reducir la cantidad o la calidad de sus alimentos, dejar de consumir determinados productos o enfrentar incertidumbre sobre lo que podrían comer al día siguiente.

Además, durante 2024, aproximadamente 189 mil 900 duranguenses tenían un ingreso inferior al valor de la canasta alimentaria. Esto significa que, aun destinando sus recursos a la alimentación, su ingreso resultaba insuficiente para cubrir ese mínimo.

Las cifras muestran diferentes dimensiones de una misma realidad: tener alimentos disponibles no garantiza que todas las personas puedan comprarlos; comer todos los días tampoco significa necesariamente alimentarse bien.

Una familia puede llenar el estómago con productos económicos y, al mismo tiempo, carecer de frutas, verduras, proteínas y otros nutrientes necesarios. La inseguridad alimentaria también puede manifestarse en dietas poco variadas, en enfermedades relacionadas con la mala nutrición y en niñas y niños que llegan a la escuela sin haber desayunado.

En medio de esta realidad existen esfuerzos comunitarios que hacen una diferencia inmediata.

De acuerdo con información publicada por El Sol de Durango, la Fundación Prójimo del Guadiana opera “El Comedor de la Gente”, donde se sirven gratuitamente más de tres mil platillos cada mes.

Si ese ritmo se mantiene durante todo el año, representa más de 36 mil porciones de alimento. No significa necesariamente 36 mil personas distintas, porque algunos beneficiarios pueden acudir regularmente, pero sí refleja una operación comunitaria considerable.

Cada platillo puede ser el alimento principal del día para una persona. También puede convertirse en un espacio de acompañamiento y dignidad para quienes atraviesan desempleo, enfermedad, abandono, adicciones, falta de vivienda o alguna emergencia familiar.

En febrero de 2026, la Facultad de Medicina y Nutrición de la Universidad Juárez del Estado de Durango firmó un convenio con la Fundación Prójimo. La colaboración contempla promover hábitos saludables, servicio social, voluntariado, investigación y donación responsable de alimentos.

Esta alianza resulta significativa porque combatir el hambre no consiste únicamente en entregar comida. También es necesario cuidar la calidad nutricional, evitar desperdicios y construir redes que permitan a las personas superar las condiciones que las llevaron a necesitar ayuda.

[Breve pausa musical]

Un comedor comunitario puede atender la urgencia de hoy, pero no puede resolver por sí solo la pobreza.

Detrás de la inseguridad alimentaria suelen encontrarse ingresos insuficientes, empleos inestables, enfermedades, falta de seguridad social, abandono familiar y dificultades para transportar alimentos hacia comunidades alejadas.

En 2024, más de 670 mil personas en Durango tenían ingresos inferiores a la línea de pobreza, que considera tanto la canasta alimentaria como otras necesidades esenciales. Esto demuestra que una parte considerable de la población permanece expuesta a caer en inseguridad alimentaria cuando pierde un empleo, enfrenta una enfermedad o aumenta el costo de los productos básicos.

Por eso, la asistencia alimentaria debe caminar junto con políticas de empleo digno, atención médica, capacitación laboral, apoyo a pequeños productores, alimentación escolar y protección para personas adultas mayores, niñas, niños y familias en situaciones de emergencia.

Pero también existe una responsabilidad social que no debemos delegar completamente a los gobiernos o las organizaciones civiles.

¿Qué podemos hacer desde nuestra comunidad?

Podemos comenzar por apoyar de manera constante a comedores, bancos de alimentos y organizaciones verificadas. Una aportación mensual, aunque sea pequeña, permite planear compras y mantener funcionando una cocina durante todo el año.

Los restaurantes, supermercados, agricultores y empresas pueden establecer programas para donar excedentes que sean seguros para el consumo, respetando las condiciones sanitarias y evitando que comida aprovechable termine en la basura.

También podemos ofrecer tiempo. Los comedores necesitan personas para cocinar, limpiar, organizar despensas, transportar donaciones, llevar registros, brindar orientación nutricional o difundir sus campañas.

Podemos observar nuestro entorno con empatía. Una persona que solicita comida no necesita interrogatorios ni humillaciones. Necesita ser escuchada, recibir orientación y, cuando sea posible, ser vinculada con programas de salud, empleo, educación o asistencia social.

Finalmente, podemos exigir que las acciones contra el hambre sean permanentes, transparentes y evaluables. No basta con repartir despensas ocasionalmente. Debemos conocer cuántas personas reciben ayuda, en qué municipios se concentran las mayores carencias y si los apoyos realmente mejoran su situación.

[Sube ligeramente la música]

Reducir una estadística comienza por reconocer que detrás de cada número existe una persona.

Un platillo no cambia por sí solo los indicadores de pobreza de todo un estado, pero puede cambiar el día de quien lo recibe. Puede permitir que un niño se concentre en la escuela, que una persona mayor tome correctamente sus medicamentos o que alguien conserve fuerzas para buscar trabajo.

Sin embargo, nuestra meta no debe ser solamente servir más platos. También debemos construir una sociedad en la que cada vez menos personas necesiten acudir a un comedor para poder alimentarse.

La solidaridad atiende la emergencia. La justicia social transforma las causas.

Como sociedad duranguense podemos donar, participar, evitar el desperdicio, apoyar a los productores locales y exigir mejores oportunidades. Podemos entender que el hambre no es una falla individual, sino un problema colectivo que requiere soluciones colectivas.

Porque una comunidad no se mide únicamente por lo que produce o por lo que posee. También se mide por su capacidad para asegurarse de que nadie tenga que acostarse con hambre.

Ayudar a bajar estas estadísticas significa colocar comida en una mesa esta noche, pero también crear las condiciones para que mañana esa familia pueda sostenerse por sí misma.

Y quizá ese sea el verdadero significado de la palabra prójimo: reconocer que el hambre de otra persona también es un asunto nuestro.




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